Hay un refrán que me estaba acechando y yo me hacía la loca: "En casa de herrero, cuchillo de palo."
Me dedico a esto. A ayudar a marcas a decir con claridad quiénes son. Reestructuro identidades, ordeno mensajes, decido qué va primero, qué va después y qué sobra. Cuando un cliente llega perdido entre mil cosas que quiere comunicar, mi trabajo es sentarme con ese enredo y salir con algo que se entienda rápido y que conecte. Es lo que hago, y se puede decir que lo hago bien.
Hace unos días me senté a actualizar mi propio perfil. "Algo simple", pensé... Media hora... Y lo que encontré me dio una vergüenza sana: llevaba años haciendo, conmigo misma, exactamente lo opuesto a lo que le aconsejo a los demás.
Mi headline era "Art Director and Graphic Designer". Correcto, técnicamente. No es mentira. Pero es plano. Sin intención. La clase de descripción que podría ser de cualquiera y que, justo por eso, no es de nadie...
Nada de lo que había construido en los últimos años vivía ahí. Nada del producto. Nada de que hoy no solo diseño la marca, también la llevo hasta el código y la dejo funcionando en pantalla. Nada del ecosistema digital que armé con mis propias manos y que terminó en manos de gente en países que ni conozco. Mi propia marca estaba en piloto automático, mientras yo cobraba, literalmente, por sacar a otras del piloto automático.
Me quedé un rato mirando la pantalla. Porque no era descuido. Yo sé hacer esto. Entonces, ¿por qué?
Creo que la respuesta es incómoda, pero simple.
Cuando diseñas para un cliente, tienes distancia. Ves la marca desde afuera, con criterio, sin el ego de por medio. Puedes decir "esto no te representa", "esto sobra", "esto hay que decirlo más fuerte", y la mano no te tiembla, porque no estás hablando de ti. Es fácil ser valiente con la historia de otro.
Pero cuando el cliente eres tú, eres juez y parte. Cada palabra sobre ti misma se siente distinta. "Senior." "Directora." "Builder." Todas ciertas, y aun así todas suenan, en tu mente, a que te estás echando demasiadas flores. Así que le bajas al volumen. Escoges la versión tibia, la que no incomoda a nadie, empezando por ti.
Le llaman síndrome del impostor, y algo de eso hay. Pero en los que ya llevamos tiempo en esto, muchas veces es casi al revés. No es que sienta que no puedo. Es que me da "cosita" reclamar en voz alta lo que sí puedo. Como si nombrar lo que soy fuera de mala educación.
Y hay algo cultural ahí también. A muchos nos criaron con el "que hablen tus resultados", "no te des tanto bombo". Buen consejo para la humildad. Malo para una bio que tiene tres segundos para decir quién eres antes de que la persona siga haciendo scroll.
Lo irónico, y esto es lo que me dio la "vergüenza sana", es que quedarse en lo tibio es exactamente el error que le cobro a un cliente por corregir.
Se lo digo a las marcas todo el tiempo: una marca que no se nombra bien, no la encuentran. Una que, por miedo a sonar de más, se queda en lo genérico, desaparece entre mil iguales. La claridad no es arrogancia; es un servicio que le haces a la persona del otro lado, para que entienda rápido si eres lo que busca. Lo digo con toda la convicción del mundo... Cuando el proyecto no es el mío.
Conmigo, no lo estaba haciendo.
Así que hice lo único honesto que se me ocurrió: me traté como cliente.
Me senté con mi propia marca como si me hubiera contratado a mí misma. Me hice las mismas preguntas que les hago a ellos, esas que a veces incomodan: ¿qué construiste de verdad, no solo lo que se ve? ¿qué haces tú que no hace cualquiera con tu mismo título? ¿qué quieres que piense la persona que llega a tu perfil en los primeros cinco segundos, antes de leer una sola línea más?
Y ahí, obligándome a mirarme desde afuera, apareció lo que el piloto automático llevaba años tapando. Que ya no soy solo "la que diseña bonito". Que pienso la marca, el producto y su presencia digital de punta a punta. Que el mismo cerebro que decide la identidad la lleva hasta la pantalla, funcionando, en código. Que construí cosas propias y las puse en el mundo, no en teoría, en real.
Nada de eso era nuevo. Todo estaba ahí, hecho, con fecha. Lo único que faltaba era el permiso, el mío, de decirlo sin pedir disculpas.
No te cuento esto como uno de esos "antes y después" de coach de LinkedIn, con flechita y todo. Lo cuento porque me sorprendió lo difícil que fue.
Ordenar la marca de un cliente me toma horas. Ordenar la mía me tomó años de evitarlo y una tarde de por fin sentarme a hacerlo. La distancia que le regalo a cualquiera que me paga, me costó un mundo dármela a mí misma.
Y creo que no me pasa solo a mí. El contador que no lleva sus propias cuentas al día. El fotógrafo sin un retrato decente suyo. El que escribe para media internet menos para su propia página. En casa de herrero, cuchillo de palo, el refrán existe porque le pasa a demasiada gente buena en lo suyo.
Si te dedicas a algo y hace rato no te aplicas tu propia medicina (tu portafolio, tu bio, tu forma de presentarte) quizás no es que no sepas. Es que te da "cosa". Lo entiendo. Pero esa mirada limpia y sin miedo que le das a un cliente, también te la puedes dar a ti. Trátate como si te hubieras contratado. Cóbrate la misma honestidad.
Casa de herrero no tiene por qué ser cuchillo de palo. A veces solo hay que sentarse a forjar el propio. 🤍

